MÚSICA DE MEDIANOCHE

Al despertar –a media noche- rayos de luna
pintan la sombra de muros atestados de sueños negros.
Se escucha batir pestañas en el pesado silencio
y, la frente, socavada en la almohada por gritos sordos,
se incorpora en un lugar desnudo y enfermo de humedad.
El estómago se siente nauseoso y oprimido
por una constante necesidad de llorar que brota y muere.
¿De quién es la sombra acurrucada en los vértices de la habitación?
El presente es más vulnerable que el pasado y el futuro.
En el fondo -tememos el instante- en que el placer se esfume.
El paso del tiempo, la loca geometría del amor, delata un inexorable
transcurrir de la vida y hace reflexionar sobre el efímero ser humano.
El modo que avanza la muerte de la carne, el terror de la percepción
de su propia descomposición, poderosa visión del reloj de arena,
un verdugo que persigue sin tregua desde el día en que nacemos.
Vivir con convicción de que todo lo que es útil, es en absoluto inútil.
Subyace un deseo demasiado compulsivo por volver,
la nostalgia impredesible por retornar al origen de nuestra esencia.
Cuerpo y alma necesitan nuevos desafíos, el futuro es presente
y todas las quimeras tienen oportunidad de manifestarse.
El miedo a errar es la puerta perpetua que nos encierra
en el castillo de la mediocridad.
Si logramos vencer ese sentimiento estamos en el minuto
preciso para dar un gran paso para ganar la libertad.
El sueño se vuelve irrecuperable y la única opción posible
es aceptar que sólo en el futuro se sabe si el pasado
que tanto decidimos preservar tiene algún significado.
¿Es fácil ser feliz cuando alma y cuerpo se desprenden?
¿Se puede permanecer de este lado cuando se transita
del otro lado del espejo?.
¿Reina la esperanza de recuperar al anciano
fabricante de locas fantasías?.
El reloj de arena inclaudicable indica la hora exacta
de ordenar escombros en la intimidad final.